Una muestra de lo que significa sacrificio en el cuerpo médico de nuestro Proyecto Sayaatoc
“Vamos mamita, pon de tu parte, tú puedes, tú puedes”, “con tranquilidad, en posición horizontal, no la fuercen que puede ser peligroso, así es, así es”, “cuidado con esa vía intravenosa que se puede salir, respira mamita, respira”, “que no se golpeé el vientre por favor”. Las voces de Wilmer Ríos, Jerry Rebaza, Américo Olivo y Rocío Chávez se confundían al mismo nivel. Ya no había jerarquías, todas quedaban de lado cuando se trataba de salvar una vida humana y en ese momento, avalado por las circunstancias, nuestro chofer, el adiposo Ríos, lideraba la operación de traslade de un paso a otro de Eda Valera, una sencilla campesina del caserío Cruz Pampa que, por designio divino, tenía consigo las armas –humanizadas en un grupo de trabajadores de la unidad Sayaatoc varados justo en ese lado de la carretera- para salvar a su criatura, todavía fetal, de un impertinente Placenta Previa. Esta se da en uno cada 500 partos y supone el brusco cambio de posición del líquido hacia la parte inferior del útero y genera sangrado vaginal fluido hasta llegar a un alto riesgo de muerte del feto. Por tanto, había que actuar con mucha rapidez y sumo cuidado.
Unos minutos de tensión, maniobras casi acrobáticas y Eda, cargada por el fortachón Ríos – y con esa fortaleza que casi siempre sólo se ve en las mujeres de nuestra sierra - ya había superado la pesada retroexcavadora de oruga atascada en plena carretera la cual impedía el paso de la camioneta del Ministerio de Salud que la venía trasladando hacia un hospital de Trujillo. De inmediato Jerry –jefe del departamento médico en la unidad Sayaatoc, quien nos venía acompañando en camino a la operación- tomó el mando: se debía acondicionar el vehículo que habíamos ocupado hasta minutos antes. Cables que se rompían para amarrar un frasco de hidratante, maletas que se dispersaban para ganar espacio, asientos horizontales y una nerviosa parturienta echada boca arriba a un costado del chofer. “¿Suero?”, “listo”; “¿vía intravenosa?”, “listo”; “¿respiración?”, “normal”; “Rocío, tú la acompañas hasta Cascas, allá una unidad médica la está esperando para proseguir hasta Trujillo, rápido, rápido”.
Horas después y en el mismo lugar donde quedamos varados: carretera Cascas Sayapullo, altura del puente El Polo, nos reencontramos con Rocío, quien ya de retorno, nos daba la feliz noticia: “llegamos bien, todo el camino soportó el dolor y en el ‘cruce’ (entiéndase: ingreso a Cascas) ya estaba esperando el cuerpo médico de Trujillo que de inmediato la llevó a la ciudad; la acompañó Zily (Abanto, jefa del puesto de Salud de Sayapullo, quien también participaba en la acción médica)”.
Hechos como el relatado y que atestiguamos el pasado 30 de mayo son comunes en un poblado de tantas carencias como Sayapullo, nos confesaba Jerry, mientras, pasado el suceso, esperábamos sea desbloqueada la vía. Y su aseveración tiene sustento: en una comunidad de índice de pobreza superior al 90 por ciento y altos niveles de desnutrición infantil, las madres gestantes –la mayoría ubicadas en edades precoces- se resignan a ser asistidas por una matrona cada vez que deben concebir, con todos los riesgos que ello implica. Y si consignamos los altos grados de morbilidad que allí imperan, la resultante es más que lamentable. Pero, para suerte de ellas y de la propia comunidad sayapullina siempre encuentran en el centro médico del Proyecto Sayaatoc, empresa que opera en el cerro San Lorenzo desde hace más de un año, personal dispuesto a ayudar, a dar lo último por asegurarles una salud adecuada y máximo respeto, tácito compromiso para todos los que laboran en el referido proyecto. Claro que sí.
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